domingo, 4 de mayo de 2008

Aquella revolución «de septiembre»


Aquí en Logroño, y aunque ustedes no se lo crean, nos adelantamos a la revolución «de mayo del 68 francés», sí, sí, como lo oyen; la hicimos un puñado de jóvenes, yo calculo que de trescientos a cuatrocientos, una tarde de verano de 1967 y en el Espolón, -la cantidad de jóvenes es una apreciación personal mía; igual éramos menos, o quizás más, quién sabe, han pasado cuarenta años y la nostalgia juega malas pasadas-. Tendríamos entre dieciséis y diecinueve años. Lo calculo por mi edad de entonces, yo tenía diecisiete y éramos todos por el estilo.

Pues resulta que al gobernador civil del momento, de cuyo nombre no quiero acordarme, se le ocurrió prohibir los 'chamizos', ya saben ustedes, esos cuartos oscuros donde los jóvenes intentábamos todas las fiestas mateas «comernos un rosco» y que casi siempre se quedaba en eso: «en intentábamos». No hagan ustedes caso si les cuentan otra cosa, estamos hablando del sesentaysiete, un año antes de la revolución francesa, «la última», la de mayo del 68. Entonces éramos casi todos unos «intelectuales», lo hacíamos casi todo con el pensamiento, era con lo que más se pecaba, casi todo era de pensamiento, algo de palabra y casi nada de obra.

Bueno, pues como les iba diciendo, al gobernador civil del momento se le ocurrió prohibir los chamizos o algo así, porque prohibir, lo que se dice prohibir, no los prohibió, pero puso unas normas que los hacía prácticamente inviables. Creo recordar que, entre otras cosas, quería suprimir el apartado interior que todos tenían, la zona denominada «de baile», o sea, la que ya les he explicado que era para «comerse un rosco»; esto último no se lo explico, me figuro que todos lo han entendido, la cual normalmente solo tenía una bombilla que el primer día de fiestas se «fundía». Anterior a esta zona de baile estaba el bar; éste tenía más de una bombilla y no se solían «fundir», allí era donde se obsequiaba a todos los visitantes del chamizo con el rico zurracapote.

Sigamos con el relato, no recuerdo de qué manera, pues entonces no existían ni los correos electrónicos, ni los sms, ni los teléfonos móviles, y los fijos, que sí existían, apenas se usaban, y si se usaban era para dar noticias importantes, no para hablar una conversación banal, para eso se quedaba en un bar o en el Espolón. Así que seguro que se usó el boca-boca y quedamos «todo el que pudiera ir» a las siete y media de la tarde aproximadamente en el Espolón, para protestar frente al Gobierno Civil. Por aquellos años yo no recuerdo que existieran las manifestaciones, en contra de algo, se entiende, porque a favor, «el régimen» preparaba unas de la leche. Entonces lo más parecido a una manifestación era una procesión y vaya usted a comparar. Así que el día fijado y a la hora convenida nos juntamos una «marabunta» de jóvenes enfrente del edificio del Gobierno Civil, me figuro que aquello resquebrajó «los pilares fundamentales del movimiento» que yo exactamente no sabía muy bien los que eran, ni dónde estaban, pero había oído hablar mucho de ellos. Ahora les cuento como acabó todo. Pues salieron los dos «grises» (llamábamos grises a los policías armadas, porque entonces llevaban el uniforme gris) que había de guardia en la puerta del Gobierno Civil, con la porra en la mano a perseguirnos. Se acuerdan ustedes del chiste ese que van 40.000 gallegos llorando por la ría y les preguntan que por qué lloran y responden que porque les han pegado y entonces les vuelven a preguntar si eran muchos y ellos responden que no, que eran sólo dos, pero que les habían rodeado. Pues algo así debió de pasarnos a nosotros, que nos rodearon, porque salimos corriendo todos como alma que lleva el diablo. Yo recuerdo que crucé el Espolón, enfilé Calvo Sotelo y no paré hasta llegar a Avda. de Colón. Allí me paré porque no podía más con el resuello, si no, hubiese terminado en las Casas Baratas, creo que más que por el esfuerzo físico, era por el miedo, y eso que yo venía entrenado de haber corrido ese año en San Fermín, pero vaya usted a comparar un «gris» de los de entonces con un miura, pues eso, ni comparación. La verdad que fue bonita la revolución mientras duró, la pena es que duró poco, cosas del «régimen». Al final aquellos sanmateos hicimos «chamizo» como todos los años, es probable que con un poco más de luz y sacando un permiso gubernativo con la firma de un padre o un responsable mayor de edad. ¿Que jóvenes éramos, amigo Juanma!

¡Ah! Y hablando de fiestas mateas, pues que entonces todos llevábamos el pañuelo de fiestas al cuello de color rojo y con el pico «patrás», así que no sé de dónde sacan eso de la tradición del pañuelo azul o burdeos, y además llevarlo con el pico «palante» como si fuera un babero. En fin, esto de ser un chico de mediana edad tiene estas cosas, que cuando te cuenta alguna historia, vas y dices que eso no fue así, que yo estaba allí.


Eustaquio Uzqueda

Publicado en LA TRIBUNA DE LA RIOJA, Periódico La Rioja, 08.09.07